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Multilingüismo y Estado
La comparación entre la Comunidad Europea y el conjunto de países latinoamericanos, hace ver que éstos están en pésimas condiciones para mantener sus identidades, sus lenguas -incluso el español- y su economía. El libre comercio es un arma altamente tóxica para la vida de los pueblos. El estado, por su propio bien, debe promover un real y amplio multilingüismo.


Ernesto Díaz Couder Cabral
Centro de Investigaciones y Estudios Superiores
en Antropología Social, México

La estrecha relación entre integración económica y pluralidad lingüística y cultural es particularmente clara en el caso de la Comunidad Europea. Se trata de un bloque o federación multinacional en que cada estado miembro cede parte de su soberanía al conjunto (moneda común, aduana, políticas fiscales, etc.) pero manteniendo su autonomía política y su identidad nacional. Por lo que sostener el carácter multilingüe de la Comunidad es esencial para sostener la igualdad entre sus miembros. Privilegiar el idioma de uno de los países asociados iría en detrimento del estatuto de los otros. Es decir, la unidad misma de la Comunidad Europea depende del respeto y sostenimiento de la pluralidad lingüística y cultural, del mantenimiento de la identidad de sus miembros. De ahí la alta valoración de la diversidad lingüística, la relativa disminución del imperativo de la unidad y homogeneidad nacionales, y la consecuente benevolencia hacia las lenguas regionales y minoritarias. Integración económica y pluralidad Los países de América Latina -ciertamente es el caso de México-también han venido haciendo costosos esfuerzos por integrarse a los mercados internacionales. Por ello encontramos alguna similitud en aspectos referentes a la tolerancia (que no siempre a la promoción) de la pluralidad lingüística nacional. Pero las condiciones de esa integración son radicalmente distintas a las europeas. Una diferencia esencial es que la participación en mercados internacionales generalmente ocurre mediante acuerdos de libre comercio, no mediante acuerdos de integración económica (creo que el MERCOSUR sí se plantea la integración a largo plazo). Esto significa que no es necesario alinear los así llamados fundamentales de las economías nacionales entre sí, que no hay libre tránsito de trabajadores, que no hay aduanas libres, que existe una mayor soberanía del aparato estatal y que no hay ninguna razón para la solidaridad en apoyo de los países más ricos a los más pobres. En otras palabras, no hay ningún mecanismo conjunto para el desarrollo, ni la necesidad de promover una identidad común respetuosa de la pluralidad de los países miembros. Este tipo de participación en la economía mundial a través de acuerdos de libre comercio se ha expresado en políticas de apertura asimétrica de los mercados nacionales generalmente desventajosas para nuestros países, y que han contribuido al desplazamiento de la industria nacional por grandes empresas extranjeras o transnacionales. El único sector con un crecimiento significativo es el exportador. El idioma de los administradores no es el español, generalmente es el inglés, lo que convierte a este idioma en un bien sumamente valioso. Tanto que tiene precio de mercado. Las escuelas bilingües y las academias de enseñanza del inglés han proliferado, y el gasto en su aprendizaje se ha convertido en una verdadera necesidad para cualquiera con deseos de movilidad social. La situación de la participación de los países latinoamericanos en la globalización económica es asimétrica, en contraste con los europeos, y sus efectos en el valor de los idiomas. Hace unos meses el entonces candidato a la presidencia de México por el PRI (Partido Revolucionario Institucional) prometió en su campaña que de resultar electo impulsaría la enseñanza del inglés y el uso de computadoras en la educación básica para que la población estuviera mejor preparada para participar en un mundo "globalizado". La sola propuesta refleja ya con toda claridad la asimetría de la "integración económica" mexicana. Más aún, esta oferta representa la aceptación de un "libre mercado lingüístico" que consiste, básicamente, en la no regulación lingüística, con lo cual el poder económico, el prestigio, el control de instituciones internacionales, de las publicaciones, etc. de la lengua inglesa se traduce, sin que nadie lo imponga abiertamente, en un predominio de hecho del inglés sobre el español. Estamos ante la confirmación de lo que ya un analista de Québec (Labrie, Normand, 113-39, 1995) preveía en una publicación de 1995: el predominio de hecho del inglés ante la falta de una regulación lingüística multilateral en el Tratado de Libre Comercio para la América del Norte. En este sentido la comparación con la Comunidad Europea es iluminadora: en esta última sí hay un multilingüismo explícito e institucional como condición para proteger y respetar el nacionalismo de los países miembros. Sin ese control institucional la pluralidad lingüística está amenazada por el libre mercado lingüístico, exactamente de la misma manera que la industria nacional ha sido desplazada por el libre mercado comercial. Moraleja: la apertura unilateral de los mercados nacionales de los ahora llamados países emergentes y su participación en la globalización mediante acuerdos de libre comercio es una receta bastante tóxica para el mantenimiento de la pluralidad lingüística, por no decir nada de la planta productiva. Soberanía, unidad e identidad nacional ¿Cuáles son las consecuencias de lo anterior para los pueblos indígenas? Uno de los efectos de la globalización ha sido el de llevar a un plano relativamente secundario el imperativo de la soberanía nacional y con ello la importancia de la unidad e identidad de la nación. Más arriba mencioné la cesión parcial de la soberanía de los estados nacionales a los bloques internacionales a fin de establecer estándares comunes de intercambio comercial y financiero. A esto se podría agregar la creciente importancia de organismos multinacionales como el FMI, el BM, la APEC o incluso la OEA. El país que no acepte las reglas escritas -y especialmente las no escritas- de la economía global sufrirá el peor de los castigos imaginables: será expulsado de los mercados internacionales. Y dado que las reglas, escritas o no, generalmente las establecen los países y las corporaciones con mayor poder económico, en el caso de los países latinoamericanos esa cesión de la soberanía nacional a favor de las decisiones de los bloques internacionales, significa en realidad la cesión de soberanía a favor de entidades políticas y económicas de mayor peso en una relación desigual. Como quiera que sea, la globalización no sería posible si se mantiene a ultranza el principio de soberanía nacional. Junto con esto, la emergencia y preponderancia de bloques internacionales hace deseable, como en el caso francés en la Comunidad Europea e incluso en el caso latinamericano, el carácter multicultural de esos bloques para garantizar la igualdad entre los participantes. Esta valoración de la pluralidad como un principio democrático en la globalización se ha traducido en las políticas nacionales en una mayor tolerancia hacia la diversidad interna y en una reformulación del principio de la unidad y la identidad nacionales. No es coincidencia que junto con la expansión del modelo liberal de economías de mercado en los países de América Latina (fines de los 80's y principios de los 90's) aparecieron modificaciones constitucionales reconociendo el carácter multicultural de las naciones (Diaz-Couder, Ernesto, Revista Iberoamericana de Educación, 11-30, 1998; Gigante, Elba, 1995) en contraposición con los ordenamientos anteriores que enfatizaban la igualdad y homogeneidad cultural. Estos cambios constitucionales son presentados como si fueran consecuencia de una especie de evolución democrática hacia la ampliación de las libertades civiles y culturales propias de un estado liberal, es decir, como condición para una exitosa entrada en la globalización económica. Así el rostro multicultural del (neo)liberalismo latinoamericano de fin de siglo se presenta a sí mismo como evidencia de su vocación democrática y del concomitante respeto a los derechos de las minorías culturales y lingüísticas, a cambio de un relativo (y asimétrico) relajamiento de la soberanía nacional y del principio de unidad nacional, entendida ésta última como homogeneidad y particularidad cultural. Lo anterior nos muestra que la así llamada globalización no es un fenómeno que ocurre de manera igual e igualitaria en todos los países; que sus efectos y por tanto las estrategias para enfrentarlo deben adecuarse a las condiciones de cada país o región. No existen soluciones únicas. En términos generales. para el caso de la América Latina es necesario contrarrestar los efectos de un libre mercado lingüístico de intercambios sumamente asimétricos y desventajosos, mediante el establecimiento de un multilingüismo explícito e institucional. Uno casi podría decir, mediante el establecimiento de políticas multiculturales explícitas e institucionales. En esto el papel de un proyecto educativo intercultural parece esencial. La apertura unilateral de los mercados nacionales de los ahora llamados países emergentes y su participación en la globalización mediante acuerdos de libre comercio es una receta bastante tóxica para el mantenimiento de la pluralidad lingüística. La así llamada globalización no es un fenómeno que ocurre de manera igual e igualitaria en todos los países; sus efectos y las estrategias para enfrentarlo deben adecuarse a las condiciones de cada país o región.

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