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.Teología y Nuevos Paradigmas
 
 
 
 
 
 
 
 

José L. Caravias sj


I. Nuevos Paradigmas

En pequeños artículos sucesivos voy a intentar ir resumiendo artículos actuales acerca del tema de nuevos paradigmas y teología. Para ello me apoyo principalmente en Pedro Trigo, un jesuita venezolano, cuyas palabras uso con la libertad de la amistad.
Empecemos por ver cuáles son algunos de estos nuevos paradigmas.

1. Mundialización del Occidente
La novedad más obvia de esta época es la mundialización del Occidente supradesarrollado, que ha penetrado hasta el último rincón del planeta, configurándolo en función de sus intereses y marginando de su dinamismo a lo que no le interesa. Por medio del avasallamiento y la fascinación, triunfa por completo su sistema, que campea en solitario sin que exista ningún contendor que le haga sombra ni pueda medirse con él. 

2. Simultaneidad virtual
La novedad más cotidiana es que el espacio ya no es función del tiempo, puesto que existe la simultaneidad virtual. La política, el deporte, la guerra, el arte, la vida "íntima" de los famosos, son ofrecidos al consumo masivo como espectáculos. Los grandes accionan, y los pequeños los ven y los aplauden o vituperan, pero los incluyen en sus vidas y en cierto modo giran a su alrededor.
Los que están arriba viven la simultaneidad como interlocución, tanto para llevar proyectos conjuntos de investigación, como para la toma de decisiones económicas o políticas con todos los datos a la mano, incluso mancomunadamente. Su horizonte vital es toda la tierra, no sólo para invertir o para pasar unas vacaciones o para rodearse de objetos o consumir productos de cualquier sitio, sino incluso para vivir. 

3. Ver la tierra desde fuera
La novedad más apasionante es la salida de la tierra, la llegada a otros planetas, la orbitación, la apertura al espacio intergaláctico. Desde la sensación de que habitábamos en un disco plano que flotaba sobre las aguas, a la comprobación de la forma esférica de la tierra y más aún su circunnavegación que equivalía a tomarle la medida, y posteriormente, casi ayer, al vuelo a vista de pájaro de los aviones, se ha pasado a ver la tierra desde fuera, a verla como estábamos acostumbrados a ver a los otros planetas. Quien puede ver la silueta de la tierra no pertenece a ella del mismo modo que el que vive pegado a su suelo.
Muy pocos han orbitado la tierra y han tenido estas emociones. Pero virtualmente son millones los que desde la intimidad de sus casas han podido experimentar parecidas sensaciones. Y esas imágenes se proyectan en múltiples ocasiones y generan un imaginario absolutamente nuevo. Y la ciencia ficción prosigue imaginativamente la exploración del espacio y de la vida social y los conflictos humanos a los que podría dar lugar.

4. La tierra como sujeto del que la humanidad forma parte
La novedad más entrañable de esta época que se abre es la percepción de la tierra como un sistema de sistemas autorregulado, es decir, como un verdadero sujeto, como un ser viviente que no sólo contiene vivientes sino que los engendra y nutre. La tierra se nos aparece como un animal formidable, lleno de energía y perfección, pero a la vez muy sensible y vulnerable. La destrucción de especies vivas, la tala salvaje de bosques y el envenenamiento del aire y del agua son hechos sistemáticos innegables.

5. Producir seres vivos, incluidos los humanos
Sin embargo la novedad más radical tiene que ver con la genética, que está descifrando los códigos genéticos de los seres vivos, incluidos los humanos. Este descubrimiento entraña la capacidad de producirlos artificialmente y de perfeccionarlos o degradarlos. La vida no deja de ser un misterio porque se estén inventariando sus códigos. Pero lo es de un modo distinto, y sobre todo cambia la relación con ese misterio. Ya que se lo puede secundar o profanar de un modo mucho más íntimo. 
Lo que está en juego es si nos inclinaremos por la vertiente positiva de la ingeniería genética que busca únicamente corregir desperfectos y optimizar lo que existe, o si nos abocaremos a la construcción de monstruos. 
Lo paradójico y aun contradictorio de esta novedad tan decisiva y trascendente es que su modo de producción es privado. Decisiones que incumben a la humanidad de un modo tan radical se toman en laboratorios de empresas privadas. Eso implicaría que la suerte de la humanidad estaría en función de los intereses particulares de muy pocas personas.

6. Concentración del saber, el dinero y el poder en poquísimas manos
Esto pone al descubierto la novedad más peligrosa, que es la concentración de saber, riqueza y poder en un número muy reducido de países y en muy pocas personas dentro de ellos. En realidad el sujeto de esta figura histórica son las compañías trasnacionales. Ellas han logrado mediatizar casi completamente a las instancias políticas. Eso significa que lo público queda reducido a la mínima expresión y que lo decisivo se juega privadamente. Así es como la democracia está cada vez más vacía de contenido. 
Es necesario un ente mundial que pueda dictar políticas acordes con esta realidad, un ente que representara realmente a la humanidad en su conjunto y que se hiciera cargo de los requerimientos de la vida en el planeta. Para que ese ente cumpliera a cabalidad su cometido sería preciso el concurso de una opinión pública no mediatizada, informada y responsable. Sería imprescindible que los científicos y técnicos pudieran tener una voz propia, y que multitud de organizaciones de interés social terciaran en la discusión haciendo valer sus observaciones y propuestas. Y tendrían que existir Estados verdaderamente representativos de sus respectivos pueblos, gestores de su futuro.
 

II. DOS REACCIONES ANTE LOS PARADIGMAS ACTUALES

Los inmensos avances modernos progresan en un ambiente caótico de individualismo: quienes toman las decisiones no son entidades representativas, sino un grupo mínimo de grandes compañías trasnacionales. El resultado es una humanidad profundamente dividida y perturbada. Este modo de producción reinante, a la vez que globaliza sus producciones, somete, empobrece y aun excluye a la mayoría de las personas. Ha roto el equilibrio de la tierra y ha herido el corazón de la humanidad...
Se dan dos reacciones opuestas ante este traumatizante y mortífero trastorno universal. 
La primera reacción es de encerramiento en agrupaciones fuertes que den sentido y cohesión, generalmente centradas en religiones fundamentalistas, intentando llenar los vacíos de insatisfacción dejados por las multinacionales. Sus devotos principales son los que nada tienen para ofertar en el mercado, ni para comprar en él. Su fundamentalismo, como índice de su insatisfacción, va en aumento y, aunque se lo pretenda minimizar ignorándolo y satanizándolo, es una característica típica de esta época.
La otra reacción busca una alternativa superadora, incorporando una serie de bienes culturales de la modernidad, pero complementándolos y corrigiendo sus carencias y absolutizaciones. Esta reacción se expresa en la cultura de la democracia, la de los derechos humanos y la de la vida. 
La cultura de la democracia se basa en la superación de la cultura centrada en el individuo, construyendo una cultura dialógica, que parte del reconocimiento del otro y el establecimiento de un campo de interacciones que dé lugar a cuerpos sociales internamente diferenciados y mutuamente referidos.
La cultura de los derechos humanos incluye el reconocimiento de los respectivos deberes y la puesta en marcha de procesos para validarlos progresivamente. Se trata de procesos complejos y polifacéticos, en búsqueda de caminos reales y no meras declaraciones de principios. La piedra de toque de que se trata de veras de derechos humanos, y no sólo de unos pocos, es que los pobres sean los sujetos privilegiados de esos derechos. Esto significa la tendencia real a la inclusión, que es una tendencia frontalmente opuesta a la dirección insolidaria que prevalece en la figura histórica actual.
Esto es más claro aún si tomamos en cuenta la cultura de la vida. La tierra no resiste la terrible presión depredadora y suicida a la que la estamos sometiendo. La cultura de la vida no tiene que ver con la adoración al cuerpo y a la juventud, que son más bien expresiones de la absolutización del individuo. Vivir es inseparablemente convivir: recibir y dar vida.
En la lógica del mercado el punto de vista absoluto en los intercambios es el beneficio del propio sujeto. En la lógica de la cultura de la vida, la realización del individuo está en la plenitud de las relaciones en el seno del conjunto. A nivel estrictamente humano estas relaciones toman la forma de la reciprocidad de dones.
Como el sistema de la vida es limitado, la participación exige una gran creatividad para que quepamos todos. Desde la pertenencia a ese nosotros que es la humanidad y la vida, la realización personal arranca de experimentar cada uno la vida en la polifonía de dimensiones y ritmos; toma la forma de la simpatía y de la compasión, por las que uno disfruta de que otros vivan y se duele de lo que hay de menoscabo en otras vidas; y contribuye con su imaginación creadora y con su trabajo a crear configuraciones en las que la vida pueda tener más posibilidades para el conjunto y más calidad para cada uno.
Es claro que la cultura de la democracia, la de los derechos humanos y la de la vida son tres aspectos de una única cultura. El respeto a todo lo que existe, y más en particular a todos los seres vivos, tiene su punto máximo de aplicación e intensidad en el respeto a cada uno de los seres humanos por el hecho de serlo. Si no se acepta en la práctica el carácter no utilitario de cada ser humano, y por tanto no se renuncia a instrumentalizarlo para mis objetivos privados, nunca llegaremos a respetar a los demás seres vivos.
Al colocar en primer lugar al ser humano de carne y hueso, incluida su condición de ser vivo y su pertenencia a la tierra, pero no menos su capacidad de palabra, su reconocimiento, su apertura ilimitada, se abre la dimensión rigurosa de misterio, de trascendencia. Y aflora la religión, no ya en su vertiente fundamentalista, sino como religación personalizadora que acaba en la donación de sí mismo.
El afloramiento de la razón simbólica y de la religación religiosa no fundamentalista habría que entenderlo como la coronación de esa cultura que se manifiesta como de la vida, de la democracia y de los derechos humanos. Esta cultura es ciertamente alternativa a la figura histórica vigente.
Ambas reacciones, la reactiva de encerramiento y la superadora, forman parte integral de esta época, de su complejidad y de sus posibilidades humanizadoras.
 

III. ¿QUIÉNES SON LOS RESPONSABLES DE LA TÉCNICA DEL FUTURO?

Hoy en día, la técnica está en capacidad de convertir a toda la tierra en un Edén o de envenenarla y volverla inhabitable...
Está en camino de desplazar colonias humanas en el espacio. Puede en cierto modo independizarse de la tierra, no sólo porque puede crear microclimas como los de la tierra, sino también porque puede producir naturaleza viva como hábitat y como alimento. Su acción productora llega hasta la posibilidad cercana de producir seres humanos, y naturalmente la de engendrar monstruos también. 
Estas capacidades de la acción humana, hasta hace poco insospechadas, renuevan por completo el imaginario humano, que se puebla de mundos de fantasía, pero más todavía de pesadillas de guerras galácticas, de inviernos atómicos y de todo tipo de monstruos. El ser humano ha liberado fuerzas colosales que no sabe si será capaz de controlar, tanto desde el punto de vista técnico como de sus deseos y de su voluntad de poder. Esta época se inicia, pues, con unas posibilidades inéditas, gracias al avance de la ciencia y de la técnica.
La tremenda incógnita es quién es el responsable de tantas posibilidades. Por un lado, los científicos que conciben y experimentan; por otro, los técnicos que diseñan, producen y controlan los aparatos; pero además están los que aportan las sumas astronómicas que son necesarias para estos procesos complejos y costosos. 
Los científicos tienen una relativa autonomía, pues suyas son las ideas y sin ellas de nada sirve todo el dinero del mundo. Pero en el modo de producción actual, en el que la propiedad privada es un principio absoluto, quienes financian a los cerebros y a los técnicos son en definitiva quienes se pueden considerar como los dueños de los inventos. Al principio del proceso eran los Estados quienes comandaban el proceso y todavía en gran parte es así; pero cada vez más son las grandes empresas trasnacionales las que en combinación con las universidades, casi siempre privadas, establecen las reglas de juego.
¿Qué capacidad de decisión tiene la humanidad respecto de la dirección que hayan de seguir estas acciones técnicas? ¿Qué grado de información posee la humanidad respecto de lo que está en juego? Estos dilemas no están resueltos, por lo que se acentúa el lado riesgoso de esta nueva oportunidad histórica. Pues esta comunidad científica no es precisamente la élite filosófica que según Platón tendría que regir la República. Mucho menos lo es el colectivo de los plutócratas. 
Los científicos, y más aún sus finacistas, viven en mundos exclusivos, alejados del común de los mortales, en muchos casos completamente indiferentes a la suerte de las mayorías y al futuro de la humanidad. Son los primeros propagandistas y practicantes del individualismo ambiental, y por tanto su vida es privada y sus productos están ofrecidos en el mercado para todo el que quiera pagar su precio.
Tal vez las cosas son más complejas en la comunidad científica. Pero eso no significa que ella como tal admita obligaciones vinculantes, sino que una minoría significativa sí lo ve y procura obrar consecuentemente; pero sin que eso signifique que se cambian las reglas de juego.
El eje del paradigma actual pasa por el desfase entre las posibilidades casi ilimitadas de la acción técnica y el sujeto que las financia y proyecta. El problema es que ese sujeto no se asume como el sujeto concreto que es, ligado a la tierra y a la humanidad, portador de una historia y responsable de un futuro, sino que se autoentiende como un ser autónomo, que diseña su propio paradigma y lo realiza independientemente de los demás y de lo demás. En este desfase está el drama de nuestra época, y en los intentos de resolverlo integradoramente está la esperanza y la oportunidad que ella brinda. 
Actualmente la humanidad tiene posibilidades técnicas y culturales para concebirse como un verdadero cuerpo social con unidad de acción, que respete la autonomía personal y fomente la variedad de culturas, como un todo, que discierna y actúe democráticamente. Pero esta posibilidad real exige transformaciones muy profundas, pues la figura histórica actual está estructurada sobre la dominancia de empresas privadas trasnacionalizadas en un ambiente de individualismo competitivo. Este esquema provoca una tremenda movilidad que ha de ser positivamente valorada y conservada cuanto sea posible; pero engendra también crecientemente exclusión y alienación. Por eso la alternativa no es anarquía liberal o planificación centralizada, sino una democracia mundial, coordinada con democracias regionales y locales.
Si entendemos por paradigma a la constelación de convicciones, valores y técnicas compartidas por una figura histórica, tenemos que decir que el paradigma en ciernes pasa por esta elección que aún no está decidida. Estos son los elementos en juego; pero todavía no es posible pronosticar por dónde nos enrumbaremos...

La cultura de la democracia se basa en la superación de la cultura centrada en el individuo, construyendo una cultura dialógica, que parte del reconocimiento del otro y el establecimiento de un campo de interacciones que dé lugar a cuerpos sociales internamente diferenciados y mutuamente referidos.

El afloramiento de la razón simbólica y de la religación religiosa no fundamentalista habría que entenderlo como la coronación de esa cultura que se manifiesta como de la vida, de la democracia y de los derechos humanos.

El eje del paradigma actual pasa por el desfase entre las posibilidades casi ilimitadas de la acción técnica y el sujeto que las financia y proyecta. El problema es que ese sujeto no se asume como el sujeto concreto que es, ligado a la tierra y a la humanidad, portador de una historia y responsable de un futuro.
 

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